
Mikao Usui era profesor de una universidad cristiana en Kyoto, Japón. Un día, uno de sus alumnos, le preguntó si creía en la traducción literal de la biblia y en los milagros de Jesucristo, él respondió afirmativamente. Entonces, la siguiente pregunta del alumno fue, que si Jesucristo había afirmado que actuaramos como él había actuado como podía ser que no hubiera habido más sanadores en el mundo. Y le pidieron que les enseñaran la forma que Jesucristo había empleado para curar. Por honor, tal como dictaban las normas de comportamiento japonés tradicionales, se vió obligado a renunciar a su empleo como maestro ya que no supo proporcionar respuesta a sus alumnos. Se decidió a encontrar las respuestas.
Se fue a EEUU, y alli estudió teología pero no encontró respuesta a lo que buscaba. Viajó al norte de la India y al Tíbet, debido a que sospechaba que Jesucristo había estado allí. Aprendió el sánscrito, la antigua lengua sagrada de los hindúes. Estudió los sutras del Loto tibetano y tuvo la sensación de haber encontrado respuestas intelectuales al misterio de las curaciones de Jesucristo, aunque esto no le facultaba para ello.

Regresó a Japón y comenzó a estudiar a Buda. Se dió cuenta de que había realizado los mismos milagros que Jesús. También vió que Buda había curado enfermos y tenía un gran control sobre la energía, debido a que canalizaba el poder de Dios del universo… El doctor Usui comenzó a consultar las diferentes sectas budistas en relación a la capacidad de obrar milagros que Buda llevaba a cabo: ¿podía realmente curar el cuerpo? Los budistas respondieron que no creían que la curación del cuerpo y la del alma se encontraban directamente relacionada. Concentraban la energía en el alma y confiaban la curación del cuerpo a los especialistas de las artes curativas. Sostenían que el cuerpo y el alma se encontraban separados, y que era el alma la que necesitaba sanación.
El viaje del doctor Usui le condujo finalmente a un monasterio Zen. Planteó al monje superior la misma pregunta, a lo que el monje respondió…”Ya no”. Esta respuesta dejó perplejo al dr. Usui que no pudo por menos que preguntar que quería decir con que “Ya no sabian”. El monje le explicó que habían puesto tanto énfasis en la curación del alma que habían olvidado por completo el cuerpo, así mismo, hizo hincapié en que lo que había sido posible anteriormente podría lograse de nuevo. El doctor Usui se sintió tan complacido por el entusiasmo del monje que le pidió que lo ayudara en su intento de redescubrir como curar el cuerpo. Fue admitido en el monasterio zen de Tokio y comenzó a estudiar bajo la tutela del monje zen.

Dió con lo que creía que era la clave que le permitiría abrirse camino hacia la curación de la forma en que Jesucristo y Buda la practicaban. El doctor Usui se dirigió al monje para compartir los hallazgos con él y buscar orientación. Gracias a la meditación y al monje, se les revela que el doctor Usui debía ir a la montaña sagrada, Kuri Llama. Durante su estancia en la montaña, debía ayunar y meditar por espacio de 21 días. De esta forma, recibió la iluminación y la claridad espiritual necesarias para desentrañar el misterio.